Punto de CaféPublicar
INTERVIEW
No soy para nada lo que se diría un gran escritor; apenas sí conozco las palabras y puedo armar de vez en cuando alguna frase que sorprenda, que insinúe algo grande de la vida o refleje cosas inusitadas del alma de los hombres. Por lo que he aprendido con las palabras, de mí mismo y de los hombres todos estos años encerrado, y porque aún tengo tiempo, y como una especie de confesión, de expiación de mis pecados, es que quiero contarlo, sin ninguna intensión de que me crean o de que en su generosidad conmuten o reviertan mi pena capital. Podría empezar a decir cualquier cosa, empezar a contar los incidentes como sucedieron, sin mayores dramatismos. Pero no puedo; las mismas palabras me arrastran irremediablemente a decirlo todo con acento trágico y mortuorio, como sucedieron los hechos cuando acontecieron y me convirtieron desde el principio de mi vida en el hombre desdichado que soy. Sí, sé que soy patético hasta en la forma en que cuento las cosas. Yo no quisiera ser así y buscar la lástima de la gente buena o el rencor y el desprecio absoluto de los que me odian, de los que por mi mala fama y mi crueldad me repudian y me temen, y gritan exigiendo mi muerte.
Quisiera por lo menos haber clasificado en el grupo que la vida o el destino eligió, o la suerte loca escogió para transformar con lo mejor de su alma la crueldad del mundo; haber sido, digo, aunque sea por lo menos el último de los hombres en la fila de los elegidos. Pero nací haciendo cola en la fila de los equivocados y débiles de espíritu, para soportar con odio y vergüenza las miradas de los fuertes y vencedores que cambian el mundo y lo someten. Es lamentable lo que digo, pero es cierto. Y aunque me diga con pesadez en mi espíritu, con frustración, nada podrá cambiar, por mi debilidad, sin orgullo, en lo que la vida me convirtió.
Me llamo… No importa. Pero está bien; lo diré por el simple deseo de que vean en mí, en mi sinceridad, algo rescatable del hombre, en un atisbo de pureza de mi pobre humanidad. Lo que me interesa es destacar algunos puntos de mi breve existencia y justificar con ello el necrófilo título de esta historia, sin ser Sociólogo, solo un hombre que se equivocó y que aún tiene tiempo, antes de que lo cuelguen, para contar el por qué de mi no vida, tratando de ser lo más fiel posible a lo que cuento tristemente con dejos de angustia y de dolor.
Después de tantos crímenes no debería de ofenderme o darme vergüenza. Sé que el nombre es importante, que refleja mucho de uno, de sus talentos o naturaleza, que dicho desde las primeras letras arrastran consigo la buena fama o el descrédito de quien lo carga, según se halla andado por la vida, y hace referencia inmediata de su dueño, en lo que la gente, con su bien acentuada y alta moralidad considere que es bueno o malo, dependiendo de lo que sea que consideren como bueno o malo, para qué o para quién, de lo que quiera que signifique para ellos. Para qué le doy tantas vueltas.
Me llamo Sicario, Ramón Sicario.
No es un nombre que me guste. Por favor no se rían. El primer tipo que lo hizo ya no está y no volverá para contarlo. Por eso no es un nombre que me guste, decía, y del que presuma; y aunque me dio cierto respeto, al contrario de lo que quise y lo que fui, hoy me avergüenza, como entonces. Y aunque no es culpa mía que mi nombre coincida con mi oficio, lo veo como una desafortunada coincidencia, una trágica coincidencia, diría, un desafortunado encuentro con lo que uno no quiere y la vida se empecina y se encarga de ajustárselo como un reloj interior, con su naturaleza muerta, marcándole las horas para marcarle el destino, hondo en el corazón y las venas, en la piel y los sentidos, ajustándose preciso para ser lo que se es, lo que somos, lo que hacemos, integrándose misteriosa y negativamente en nuestra vida como un ajuste de cuentas del destino que se ensaña contra uno, para que uno luego venga y se las cobre a otros, con justicia o no, con razón o sin ella, y nos deja hundidos en la sangre como una maldición que nos arrastra por la vida con vergüenza, agotando irremediablemente nuestro tiempo para llegar de una buena vez sin atajos a su encuentro, para abrazarla a ella: a la muerte. Uno viene al mundo y nunca sabe por qué está aquí, y lo que será.
Nadie sabe con certeza cómo nos hacemos en la vida ni para lo que hemos venido, hasta que algo viene de pronto sin aviso y nos golpea.
Yo no quería ser así. Las cosas llegan sin que uno las reconozca y las vea venir; sólo se aparecen con su carga de dolor y desconcierto, con su sarcasmo, con la pesadez de sus grietas como inmensas heridas que nos hunde para siempre.
Yo sabía de mi madre y sus dolores.
Supe desde su vientre de las humillaciones y golpes que la dejaban casi muerta sin poder reaccionar ante nada por muchas horas, a veces días y semanas, como pan amargo y diario, por las constantes palizas motivadas por la locura de los hombres, y el alcohol de ese hombre, sin que yo pudiera hacer nada por ser sólo un niño indefenso deseando abyectamente crecer lo más rápido que se pudiera sólo para matarlos; a él en particular, no importaba si era o no mi padre, o ese hombre decía que lo era ,o lo que fuera que ese hombre dijera que era de mí, de ella. Y cuando nos golpeaba sin misericordia; a ella por placer, y a mí por defenderla, me aseguraba que no, que no era mi padre, deseando crecer rápido y quisiera matarlo. Pero solo era un niño con ganas de ser hombre o de tener un arma para poder hacerlo. Por eso digo que es un nombre que no me gusta, pero que me dio cierto respeto. No se rían. El primer hombre que lo hizo ya no está para contarlo. Es la segunda vez que se los digo, y conmigo no hay tercera.
Parece que fue precisamente mi destino quien me puso ese nombre para que coincidiera con mi naturaleza y con mi oficio. Le cuento esto no porque sea periodista, sino porque dice que conoció a mi madre; sólo no me cuente los detalles; sabía lo que era, de su triste su oficio, y porque de alguna manera quiero irme sin nada, sin nada aquí en el pecho y en la piel, sin que me duela, incluso, sin palabras.
Quiero irme desnudo para no llevarme ninguna cosa que me ate a este mundo cargado de mentiras que a diario se fabrican, de las que luego se llenan los diarios, y éstos, a su vez, llenan las mentes morbosas que se creen las cosas sin siquiera meditarlas. Por eso odio el siglo en que nací, con sus inventos, en su mayoría de muerte, por las imprentas repletas de tinta y de basura; un siglo que no me ayudó en nada a ser un hombre, con el que vine a este horrible mundo con un nombre puesto adrede por el mismo destino, del que la gente se espanta y se burla, y que me marcó para siempre. Yo sé que es un hombre acostumbrado a escuchar todo tipo de cosas que los locos le cuentan cada vez que tienen oportunidad de confesarle sus crímenes, por su afición a la fama o por necesidad de ser escuchados, que ya nada lo sorprende, que está curado contra todo este tipo de cosas que le cuentan a diario como una confesión los condenados como yo. Y que por eso, precisamente, no le sorprende nada de lo que le digo porque sabe con seguridad que al terminar esta parte de la entrevista, y que tan pronto usted salga de aquí afectado y meditando sobre lo que le digo, y ponga un pie en la calle, se topará sin asombros con lo mismo; que ha cubierto guerras sangrientas como destazas de carnicerías y todo tipo de eventos desagradables de la vida y sucesos que lo han vuelto insensible al dolor humano y a la muerte. Y que, por más que lo diga y piense, y sienta que con su oficio (en que suele ver las cosas con cerebro y sangre fría. En esto se parece a mí) de comunicador crea que debe advertir y denunciar, tratando de mejorar el mundo, a pesar de ello, de los buenos deseos de su corazón, no podrá hacer mayor cosa para detener tanta carnicería de gentes sin escrúpulos, se lo aseguro, empezando por los que tienen el poder, cualquier tipo de poder, no porque no puedan sino porque no quieren porque con ello avalan cualquier injusticia en defensa de sus mezquinos intereses, matando no sólo los sueños de la gente, sino también a la gente.
El poder y las armas son terribles, amigo. La civilización y las selvas internas del hombre con sus animales sueltos, sobre todo, los de corbata, son terribles.
Todo el que tenga en su corazón y en su mente una idea maligna, poco desarrollada por la bondad o la nobleza de su espíritu, con el poder y los medios para realizarla, ya es, o está a punto de ser un asesino, incluyendo a la presa, quiero decir: a la prensa (que a cada rato mata el buen nombre de la gente), sin afán de ofenderlo. ¿No le parece? Mire a Maquiavelo más actual que nunca dando consejos para gobernantes sin escrúpulos, para hacer más efectivo el terror, con el fin de asegurar el poder y hacer más eficiente al Estado, es decir, a la civilización (como él y muchos tantos la conciben), a través de la fuerza y de la muerte. Vivimos en medio de la decrepitud y el terror institucionalizado. El Estado se puede equivocar y se ve como algo que propicia el desarrollo de las instituciones, para fortalecerlas y apuntar más alto en el destino de los pueblos, así su equivocación le cueste la vida a millones. La estupidez de las guerras, por ejemplo, que sólo evidencian atraso y salvajismo. Pero se disculpa y se comprende por que son los Estados los que las promueven, con derecho a defenderse, aunque sea de ellos mismos. Y vale equivocarse, para ser mejor mañana. No importa que se asesine a un hombre por medio de las leyes, por haberse equivocado rompiendo alguna norma del contrato social de libre, pacífica y armónica convivencia, porque aunque halla sacrificado la vida de un hombre en el sagrado deber y en nombre de la Justicia y el Derecho, ello ayudará mañana a fortalecer más la Justicia, con cada injusticia que se cometa.
Es natural y propio del desarrollo del pensamiento y de las instituciones, para que con cada nuevo error se perfeccione la sociedad, se fortalezca y se ponga a la altura de las circunstancias y de los tiempos.
Moraleja: en base al error y a los crímenes somos más grandes. Siempre esperando grandes cosas de las grandes actuaciones y actitudes de los hombres, sobre todo, de los que hacen la Historia, que para mí, sólo es una gran película que engrandece más nuestras miserias. ¿Pero quién dice que son necesarias y erróneas las actitudes decadentes de los hombres ante la vida y lo que entienden por Progreso en este nivel del “Desarrollo” personal y social, para justificarlas y no quererlo ver como un elemento recesivo de la Historia? ¿Quién valora si son justas y correctas sus actuaciones dentro del quehacer de esa incesante película, por la cantidad de muertes, o mejor dicho, de vidas que se sacrifican, por la superioridad de unos hombres sobre otros con el deseo de sacar provecho de los aciertos y errores del devenir histórico, para hacer más grande el Futuro? ¿Quién dice en este punto que estamos equivocados? ¿Quién orienta y dirige la Historia y el futuro, y en función de qué aspiraciones, sueños y necesidades?
Concordará conmigo en que son gánsteres quienes siempre se empeñan en gobernar nuestras vidas y en detrimento de nosotros mismos. ¡Y a qué costo! ¡Verdad Napoleón! ¡Verdad Hitler!... Sin contar con la gran cantidad de tiranos y dictadores que la Historia nos ha heredado. No crea que me estoy justificando. Sólo escuche lo que quiero decirle. Acuérdese también de las revoluciones como cambios sangrientos de la Historia, siempre justificados por el “Futuro”, por el “deseo de una vida mejor”, cuando paradójicamente para ello se invierten cantidades exorbitantes que podrían muy bien alimentar a nuestros pueblos, y en cambio los ocupan para inventar y perfeccionar mejores y más efectivas armas de destrucción masiva, para acabar con el hombre, al hambre. Salimos de una noche para ver que amanece y ya estamos en otra guerra, sacando la bestia que llevamos dentro, para ver “como perfeccionamos al hombre”, y para ello lo esbozamos según nuestras creencias y mezquinos intereses, y en seguida lo ponemos a matar en función de los más grandes ideales… ¿No es acaso eso un mega crimen de la más “lesa humanidad” de nuestra “Civilización Moderna”?
Acabamos haciendo monstruos de nosotros mismos, y de los otros que consideramos opuestos, siempre peleando en razón del triunfo de la superioridad, de matar por ser mejor. Quién es más asesino: ¿el que dispara en la guerra y mata, o los que nos mandan a matar? Son ellos, los que inventan las guerras para que el “Futuro” y el “Porvenir”, siempre sea mejor.
Qué sucede entonces con los hombres, los otros hombres como yo, sin mayores esperanzas de desarrollo, los que ya están muertos por dentro, los que matan simplemente por otras razones, los que no han trascendido su pobre naturaleza animal; los que para ellos su guerra personal está en ellos mismos, atascados en su propia naturaleza sin gobierno y con armas igual de peligrosas, buscando superarse dentro de su naturaleza imbuida en lo decadente, paralelos a los que nos gobiernan de hecho, con armas complicadas, y creen ir con su doble moral mil pasos delante de nosotros, ganándole a la muerte y al atraso, sólo por el atraso de la muerte. Su “moralidad” les exige acabar con lo que no les sirve y se opone a ellos, a su idea de desarrollo, por decadente. Hitlerianos, racistas hipócritas en su idea de grandes gobiernos para alcanzar la perfección de la Raza y de la Civilización, cargados de hipocresía y de muerte. Perdone usted que vagabundee por las razones de la breve levedad del Ser, y sus pesares. No puedo evitar que se me salga lo filósofo. ¿Porque usted sabe que soy filósofo y escritor, verdad? Que no es gran cosa en mi caso porque mis ideas se irán conmigo, cuando se cumpla el plazo y me cuelguen con todo lo que pienso. Pero parece ser que fue eso lo que lo motivó a venir, como periodista, más que el saludo tardío que me trae de mi madre, que no me acaba de entender ni entenderá nunca las razones de mi muerte. Por eso está aquí, para saber la forma en la que pienso y entiendo al mundo, del que no voy a extrañar absolutamente nada cuando me vaya.
Entiendo que sea su trabajo lo que lo haya traído hasta este lugar tan lúgubre para hablar conmigo, como un encargo especial de su periódico; que su gentileza obedece más a eso que al hecho de haber conocido a mi madre cuando apenas era un estudiante destacado de Periodismo en la Universidad donde mi madre trabajaba humildemente en la cafetería del Campus, y le guardaba su lunch para luego calentárselo cuando usted volvía de clases o apurado de su periódico, para luego volver otra vez a las aulas, a las que ella nunca tuvo acceso. Jamás supo de un buen libro ni gozó en absoluto de los beneficios o placeres de la educación y la cultura, viviendo una vida simple y gris, sin mayores aspiraciones, aunque las tuviera, y por eso volcó en mí sus sueños como esperando que fuera yo quien la sacara de vivir de su miseria, hasta que conoció a ese hombre que obligadamente se convirtió en mi padre y verdugo. Y su vida, como la mía, cambió para ser peor, más difícil de lo que era, convirtiéndolas en un infierno.
Mi madre me amó hasta la locura.
Aún antes de que perdiera la razón siempre se preocupó por mí y me alentó a seguir, deseando que fuera un hombre grande, alguien que con un poco sabiduría y sensibilidad cambiara la Historia, afectando de una manera trascendente la vida propia y de los otros. Y me inculcó desde pequeño, aun sin saber leer, a amar los libros, libros que nunca llegaron a su vida, deseando que fuera yo quien con una buena preparación cambiara al mundo, que ella, en su escaso razonamiento creía bueno, ignorando que eran precisamente esos hombres a los que ella consideraba grandes quienes la tenían sumergida en su miseria y la mataban con sus grandes actuaciones en la sociedad, sumiéndola en su oscuro destino y su triste vida de miserias, lavando platos y calentándole a usted su lunch, para que usted y yo llegaran temprano a las aulas, con sueños de grandeza.
Y murió prostituida y miserable con su ingenua idea de que el mundo y los hombres eran buenos, abrazándolos desesperada en sus noches de dolor; bestias que ignoraban que al retirarse desahogados y con asco de su cuerpo le mataban los sueños y la vida que deseaba para mí, para que fuera bueno, diferente en todo lo que conocía de este ingrato mundo, para hacerme sensible, inteligente para cambiar de la vida las cosas que mataban a los hombres, dejándolos sin sueños.
Sabe, yo deseaba que usted fuera mi padre, por el afecto y la comprensión que usted le tenía a mi madre. Tal vez era un tonto sueño, un arrebato de mi soledad y mi infortunio, una fiebre alucinante de mi impotencia de niño de querer ser feliz y de tener un padre. Pero usted sólo llegaba como los otros y luego se iba dejando a mi madre con un sueño en su corazón, y a mí con un libro entre las manos con el que suplía mis sueños de querer tener un padre, buscando en sus páginas lo que la vida me negaba. Fue usted quien sin saberlo me inició en el conocimiento de la Historia y de los hombres, de la decrepitud de los hombres que en sus arrebatos por querer hacer las cosas bien, las echan a perder. No crea que lo culpo; usted sólo hacía con nosotros lo que consideraba que estaba bien. Fui yo, por los sueños de mi madre, y de los propios, los que me hicieron ser lo que soy, tristemente contrario a los sueños de mi madre. Dice que ha leído mis libros con detenimiento y que encuentra en ellos grandezas del espíritu, cosas sorprendentes que reflejan dulcemente el sueño de los hombres. Pero eso es sólo literatura, amigo; el mundo y la realidad es otra; acaso pensamientos de un iluso embebido en los sueños con cosas puras e iluminadas de su primer espíritu, vistas con esperanzas que se fueron muriendo como reflejo de la destrucción y el vacio que me socavaron por dentro y lo llenaron de miserias.
Nadie lo veía venir. Nadie intuye lo que será en cada etapa de su vida: si un santo o un demonio.
Créame que yo deseaba ser en todo, contrario a lo que soy.
Pero mire usted en lo que me convirtió la vida, sin objeción, sin miramientos, sin importancia.
Sé lo que dicen los periódicos. Y tal vez tengan razón por estar de acuerdo con las maneras de vivir de la mayoría de la gente, con la forma en que funcionan las instituciones y reproducen sus sueños, sus anhelos de grandeza y la manera en que lo hacen convencidos de que son buenos, muy buenos, y consideran que así debe ser la vida, la sociedad, el mundo que gira a su antojo, instaurando en él sus sueños como sus pesadillas. Y sólo lo cambian cuando están a punto de perderlo con la radioactividad de sus bombas. Pero mientras no los amenace la desintegración, o caiga un meteoro gigante que con su impacto nos haga desaparecer como a los dinosaurios, siguen con sus Atlas de terror jugando con el mundo, sosteniéndolo con su poder, haciéndolo girar pesadamente sobre nuestros hombros.
¿Por qué no soy más explícito en mis declaraciones, en explicar mis crímenes para que se enteren fielmente sus lectores, me dice?
Y qué quiere que le diga:
¿Qué maté porque tenía que matar?, como ellos lo hacían conmigo, con mi madre que partió al otro mundo creyendo que yo era un hombre bueno.
Aunque no tenga nada que perder, que no me importa si me creen y puedo contarlo todo sin pena ni culpa porque ya nada me importa, porque me van a matar, no lo digo porque simplemente no serviría de nada, a nadie ayudaría porque el mundo seguiría siendo el mismo y girando de la misma manera; que así como el poder enceguece y corrompe, así mi espíritu se llenó de miseria y me hizo lo que soy.
Dígame, ¿quién hizo a Bin Laden, a Bush, a Sadán Hussein?
¿Qué motivó a Stalin a ser el carnicero que fue, verdugo y torturador de su propia gente? Sólo ellos lo saben.
Cada quien tiene la posibilidad de ser un santo o un demonio, y de alcanzar la verdad de lo que cree por sus propios medios, que para quien así piense, puede ser la verdad absoluta, aunque nos mate a todos. ¿Por qué si el mundo y los hombres son buenos terminamos por ser lo que no queremos, siendo contrarios a nuestros sueños y a lo que esperamos de la vida? ¿Qué me haría diferente ahora, en beneficio de quién? Dígame: ¿En qué cambiaria a la vida con sus ríos de sangre y de tristeza? Usted dice que mis primeros libros de ensayos y novelas, incluso mis poemas, reflejan la grandeza y los sueños de los hombres en el sentido en que mi madre lo soñaba y quería que la vida con su ternura fuera, y se diera a los hombres por igual. Pero algo cambia por dentro y deja de importarnos. Tal vez sea el dolor.
Tal vez sea la miseria. Los sueños rotos. La pesadez de la existencia. El Vacio. La Nada. El Ser sin ser. Las guerras de adentro y de afuera.
Todo lo mío cambió, murió cuando mamá se fue, y el padre que esperaba nunca llegó. Tal vez el ver morir a tantos sin sentido; el verlos arrastrarse como animales inmundos y despreciados por sus propios hermanos, sin que nadie hiciera nada, revelando con ello también su verdadera naturaleza, su miseria, su hipocresía como fiel retrato de su antihombre, como reflejo de su decadencia espiritual. Tal vez por eso. Sé que soy patético, que no aspiro a nada y que la muerte es el último rincón oscuro al que la vida y los deseos de las buenas gentes me lanzan como la peor basura, como un prolongado castigo a lo que hice.
Sé que ya nada importa y que todo seguirá igual cuando me marche; que la vida no cambiará un milímetro en nada de como la dejo. Y al final tal vez sea mi descanso, el lugar al que aspiro para pensar. Para soñar. Soñar que se vive…
Sí, sé que a usted le resulta triste por el recuerdo y la cercanía que tuvo con mi madre, cosa que se lo agradezco. También a mí me duele. Me siento raro al decirlo. Me duele por usted, porque creía en mí cuando todo el mundo me considera un monstruo y desea que me marche lo más pronto de este mundo que usted aprecia y comprende mejor que yo, tal vez porque lo habitan su madre, su esposa, sus hijos; las historias cargadas de sangre y de realismo de las que se nutre y lo hacen sentirse bien con su oficio de comunicador, que lo hacen ser lo que es, con lo que se siente bien y se considera pleno porque siente que lo tiene todo y nació para eso: para contar grandes y patéticas historias de hechos y hombres tristemente célebres como yo, sin ninguna esperanza.
Sé que me quedan pocas horas para que se venza el plazo y llegue mi verdugo en el segundo exacto anunciando mi muerte, para que el mundo empiece a celebrar reventando petardos de alegría por la dicha de saber que me he ido para siempre, mientras queman mis libros colectivamente, escupiéndolos por haber traicionado sus sueños y no haber creído en su alegría, en su justicia infame, en su futuro de porquería y desarrollo de muerte.
No me pida que vea a las cámaras por favor; sólo verían en mí un reflejo de sus propias vidas miserables, pero sin sus sueños de grandeza, sin la hipocresía de sus tribunales y sus jueces que consideran que al matarme, hacen lo correcto.
¿Qué repita mi nombre? Por favor. Aunque ya lo dije y no me importa, podría decirlo de nuevo mirando fijo a las cámaras. Pero perfectamente podrían llamarme basura desde la ternura y la pureza de sus corazones rotos; podrían llamarme decrepitud, razón del sinsentido como único sentido de su razón para que me odien y se sientan felices. Podrían llamarme como quieran y reaccionar al tiempo en que me nombren, para pensar, para dejar razones en el corazón y grandezas para la vida, en vez de ver a un miserable que lo dejan sin ella. Podrían llamarme encarnación de la maldad, sin equivocarse, y cambiar las cosas para bien en el último momento, antes de que todo acabe y se lamenten; porque no soy yo su mayor problema, sino ellos. Y he salido tristemente de sus filas. Soy su clon. Soy, pues: su contrahombre.
Yo no quería ser así, se lo juro. Pero cuando veía a esas pobres mujeres sufrir sin esperanzas. Hasta que la prensa, los medios informativos, casi siempre parciales, empezaron a llamarme Reaper, como Jack el destripador, con la única diferencia que yo hacía mi “trabajo” sin la complejidad y los medios del otro Jack, sin ninguna ayuda para ocultarme, sin el poder y las influencias de la realeza putrefacta que camuflaban a su Reaper inglés cubriendo sus crímenes gracias a su real investidura, para no causar vergüenzas a la reina madre, que lo hacía moverse a su antojo, disfrazado por las altas y nobles apariencias cuando actuaba bajo el sigilo del manto de la niebla de las calles y recovecos londinenses; no como yo. Aunque el asco y el horror por esas pobres mujeres, criaturas desdichadas como mi madre, hundidas en la prostitución y el agujero existencial de sus enfermas y miserables vidas, era el mismo. Pero asco que venido de mí, se convertía en razones distintas: era el afán de darles paz lo que me movía a liberarlas de su esclavitud, de la decrepitud y los horrores de sus oscuras y marginales vidas, que eran mi vida. No soportaba verlas sufrir. Fue por eso, y por no ver sufrir a mi madre viniendo en las madrugadas de las noches de catres sucios a los que eran empujadas con la pesadez de sus sueños y humilladas lascivamente por el hambre y la bestialidad de los hombres que hacían fila para poseerlas como muñecas desechables de carne podrida, dejándoles estigmas en el cuerpo y en el alma.
No es porque yo estuviera loco que las despachara de este mundo, como la morbosidad de los diarios con su ignorancia lo aseguran, y sólo destacan los hechos horrendos de los crímenes que con brutalidad me achacan, diciendo que lo hacía con lujo de barbarie, haciendo resaltar que se trataba de un psicópata mediocre y no de un hombre culto como el otro Reaper que era médico y descendía de las altas esferas bajando cada noche hasta la putidad, pavoneándose ante la miseria de las calles, iluminado como un ángel de la muerte; que era guapo e inteligente y destacaba en todo por ser un hombre de mucha cultura, engatusando a sus víctimas con educación y cortesía hasta dejarlas embobadas con el encanto de su atractivo físico y la fineza de sus gestos, más efectivo que el dinero, la Champán o el caviar que las hacía degustar en cada noche de sus tristes vidas, durmiendo en los portales o arroyos de sus sueños húmedos, cuyo único manjar era la pestilente basura de las calles, para luego aparecérseles él con su elegante personalidad para seducirlas como moscas a la miel, prometiéndoles el cielo pero en partes, cuando las diseccionaba, terminando las pobres como basura en los andenes o en los mismos basureros de donde las recogía bajo el embrujo de sus pasos, cubierto de toda mirada por el manto oscuro de la ciudad, siempre a sus pies arrodillada. Yo era más simple y más directo, más humano deseando darles paz cuando las mataba para que ya no sufrieran y descansaran de una vez, para siempre.
No había ciencia en lo que hacía; no era un experimentar con el corazón y la frialdad de los razonamientos de la ciencia; no era cuestión de inteligencia sino de humanidad; no como lo dicen los diarios mentirosos que las ofrecen o solicitan con el atractivo de grandes salarios cuando las sacan desnudas en pequeños anuncios o en páginas enteras para iniciarlas en el triste oficio de morir, para marcar sus vidas y llenarlas de miserias, reproduciendo la asquerosidad del mismo sistema que las condena a una muerte segura, luego de exprimirles el cuerpo y el alma, como lo hicieron con mi madre que murió sin ver sus sueños cumplidos del paraíso que le prometieron, haciéndola morir despacio como a las otras, que yo me encargué de poner a descansar, con el respeto y la humanidad que ellos, que el asqueroso sistema que las hizo, les negó. Y empezaron a publicar que era un demente, un asesino brutal; que era un tipo medianamente inteligente y frustrado. Que era, en definitiva, un aborto de la vida.
No sabían el dolor indecible que sufría al hacer lo que ellos hacían hipócritamente, al contrario de mí que lloraba y se me encogía el corazón sufriendo por ellas, que sólo luego de matarlas volvía a su normalidad, a su estado tierno y primitivo, sintiéndolo más grande como un animal saltando en mi pecho, por haberlas liberado. Pero ellos insistían en seguirme viendo como un monstruo cuando en realidad era más gente, más humano que ellos que las convertían sin ninguna misericordia en ratas en contra de su dignidad y de sus vidas, que ellos, “con sus elevados principios y honda humanidad”, hicieron miserables. Por eso empecé con ellos para vengarlas en nombre propio y de mi madre ciega y loca, con cicatrices de heridas en la piel, menos profundas y prolongadas de las que tenía en el alma, siempre con un nuevo, humillante y terrible dolor cuando volvía por las madrugadas con moretones sangrando de su cuerpo y lunares arrancados a mordidas o a filo de uñas; con llagas acuosas en la piel por las quemadas de cigarros que apagaban en su cuerpo, en su espalda, sin ninguna misericordia, por puro placer, con tal de hacerlas sentir que no valían nada, y supieran de una vez quiénes eran sus dueños. Pero se trataba de hombres finos educados en las mejores escuelas, gentes bien con un apellido rimbombante y sus carteras repletas de efectivo que tiraban a granel para que ellas lo levantaran con la boca del suelo repleto de escupitajos, mientras las cabalgaban desnudas por la espalda como animales rabiosos.
Prométame que esto no va a salir, que tiene apagada la grabadora y que todo lo que le digo no lo recreará después con la memoria con el fin de publicarlo; que es una confesión sólo para sus oídos, y que mis palabras se irán a la tumba con usted. Prométamelo por favor en nombre de mi madre, por el padre que nunca tuve y que en su ausencia miserable la vida generosamente me lo dio a usted para que lo considerara un padre, para que lo adoptara por padre. Se lo ruego. Usted ya está cansado de historias tristes como ésta. Prométamelo así pierda el trabajo por no darles a esos morbosos miserables la exclusiva de mi muerte, con la que piensan hacer más dinero y elevar el rating, que no publicará el relato de mi triste vida. Se lo ruego, por la memoria de mi madre.
(El hombre asintió con la cabeza, mientras secaba sus lágrimas).
––Está bien, le seguiré contando; pero no se ponga así.
Yo sólo quería contarle de mi vida, de esta pesadez de mi existencia, expresarle con sinceridad el sufrimiento que me cargo desde el primer día de mi nacimiento.
Sé que no es fácil, sobre todo después de que se fue, que dejamos de verlo. Sé que es difícil, que uno tiene que vivir a fuerza lo que trae la vida, amortiguando con el corazón las desdichas con lo que nos regala de felicidad tratando de equilibrar el infortunio que siempre nos rebasa y supera a los pequeños instantes de alegría, que sumados en comparación con el dolor, son siempre insuficientes.
Y ahí vamos con nuestro dolor acuesta, siempre acuesta, empujados sólo por la fuerza de nuestras pequeñas dichas en el difícil oficio de vivir, para perfeccionarnos a cada paso con el dolor en el oficio de ser hombres; a veces en soledad, a veces sin ayuda.
Es como si al nacer nos pararan en el centro de la vida para que escojamos lo que queremos ser, para escoger nuestro camino con el permiso de la vida para equivocarnos, para crecer en cada intento de ser hombres y tener cosas que dar, transmutadas en los pasos que damos con el dolor y la sangre de nuestras primeras heridas, en la guerra existencial por la conquista de la vida y nuestros sueños.
Sé que le parecerá exagerado todo lo que le cuento, como una prolongación de mi desencanto y de mi odio por este mundo. Pero que quede claro que es usted quien insiste en que le revele estas cosas, como empujándome a decirlo todo, como deseando que me vaya sin culpas por la expiación de mis pecados en la confesión, no la entrevista, sino la confesión que le hago sólo porque sé el hombre bueno que es, que en este momento ha dejado de lado su investidura de periodista, su amado oficio de periodista para quedarse sólo con el hombre que me escucha, y sé que le parece demasiado brutal lo que le cuento, y aún así trata de entenderme desde su profundidad y corazón de hombre, sin tomar partido; que sólo me escucha por su gran humanidad con la que busca la manera de entenderme, porque sabe bien que al contarle con amargura y profundo dolor la historia de mi vida, que al hacerlo, me da la posibilidad de liberarme del odio hasta dejar mi alma limpia con cada palabra con que arrastro desde lo más hondo la basura de mi primitivo corazón, y que con su ayuda, en mi hora final, sin ser sacerdote ayuda a mi alma, esperando mi arrepentimiento para hermanarme aunque sea un segundo con el mundo, con esta sociedad que tanto odio por lo que le hizo a mi madre, humilde ejemplo del infortunio de todas las mujeres a las que terminé por matar para que al fin tuvieran paz, y para que igual que yo, se reconciliaran con la vida a través de la dignidad que hallaron en la muerte.
Pero nadie entiende que lo hice por amor; no como lo hice con algunos políticos, dueños de negocios nocturnos y algunos sidosos extranjeros sometiendo a las pobres muchachas con el poder de su dinero, de sus dólares inmundos corruptores de menores, principio de todos los males, sin que los “honorables padres de la Patria” ofendida en la persona de esas pobres mujeres, hicieran nada.
Por eso desbordé mi justa crueldad con ellos sin inmutarme, sin siquiera sentir nada por esos buitres, que las trataron como basura. Por ellos no derramé ninguna lágrima. No sentí nada, absolutamente nada al hacerlo; es más: lo gocé cuando les cobré tanto abuso, con mi justicia.
¿Me pregunta de ése Juez? Sí, fui yo quien lo hizo. ¿Con aquél Fiscal de pedante investidura, más macabro que yo, que hurgó con sus manos sucias hasta los resquicios más sagrados de mi alma? Fui yo. Y no me arrepiento.
De poder, lo volvería a hacer. Iba por más cuando me detuvieron. Y es que iba apuntando alto, cada vez más alto. Usted me entiende. ¿Un Magnicidio, me pregunta? Es claro que la miseria empieza por arriba y se desborda con violencia como un alud de porquería, afectando siempre a los más pobres de los más pobres. Los de arriba siempre terminan por hundir en el asco y la basura a los de abajo, y los convierten en gusanos. Y después se quejan y enfilan su odio contra lo que han creado, cuando somos sus hijos venidos directo de sus entrañas podridas. Son nuestros padres abortivos. Y después se quejan.
¿Con qué moral podrían reclamarme?, dígame usted.
Perdone que lo involucre en esto. Sé que me deja hablar tan sólo porque necesita que me marche más aliviado de como vine a este sucio mundo que cada segundo inventa una guerra y gasta más en bombas y armas, en vez de calmar el hambre de millones. Pero les resulta más barato y humano desaparecer a la Raza, menos complicado que mantener a medio planeta feliz. Esa es su moral tirando balas o las migajas que caen de sus mesas de oro y podredumbre, que es otra forma de matarnos. Ése es su corazón y su amor por el mundo. Es para los pobres que crean las guerras y el hambre. Y se sienten bien y aplauden el desarrollo que nunca llega ni en sombra a la vida de los pobres.
Sólo vemos sus armas y sus tanques apuntándonos. Sólo vemos levantarse rascacielos, emporios de sus grandezas putrefactas que pesan sobre nuestras espaldas y nuestra hambre y miserias; siempre inventando desde su moralidad una nueva guerra para acabarse a los pobres y repartirse el mundo a su antojo, dejando sólo a los pobres necesarios para que limpien la suciedad que queda después de una guerra: los muertos pobres; los pobres muertos, que son el insumo necesario para que el mundo no deje de girar y ellos sigan existiendo.
Dígame: ¿cómo podría seguir en este mundo sin que me muera de asco?
Ah, pero mi humanidad y mi asco los hace temblar. Qué hipócritas. ¿No le parece?...
Por eso doy gracias de que me queden sólo unas horas que felizmente gasto en usted, que es lo único bueno que va quedando de este mundo. Como no. Claro que sí.
No se inmute ni se apene, para que sigamos conversando.
Ah, qué ya se acabó el tiempo, dice. Que vienen por mí. Que es justo la hora que ha marcado el reloj para que ejerzan en mi pobre humanidad, el poder de su ciega justicia…
Vaya pues. Ni modo. A dormir se ha dicho.
Perdone que lo deje en este mundo con sus pesadillas…No llore, por favor. Adiós.
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